Historias reales, ficciones con historia.

20.11.14

El hombre que 'compró' Gibraltar


En 1474 Pedro de Herrera, un converso de Córdoba, negoció para cientos de personas el derecho a establecerse en Gibraltar. Dos años después fueron expulsados, algo que ha tenido recientes consecuencias.



Tierra de nostalgias
Esta no es una historia de enfrentamientos religiosos o territoriales, es el relato de una aventura, de un sueño que se convirtió en pesadilla y del que sus protagonistas sólo conservaron la nostalgia, un sentimiento que podría explicar el sorprendente final que tiene esta historia. Para intentar desentrañarla nos basamos en diversas fuentes, las más destacadas son el artículo de Diego Lamelas “La compra de Gibraltar por los Conversos andaluces” y la obra del siglo XV “Crónicas de Enrique IV” de Alonso de Palencia. También contamos con las aportaciones del historiador del CSIC Javier Castaño, y con las de Don Alonso González de Gregorio Álvarez de Toledo, Duque de Medina Sidonia.

Gonzalo Fernández de Córdoba "El Gran Capitán"



En 1473 Pedro de Herrera era ya un hombre de avanzada edad que ejercía como Consejero de Alonso de Aguilar (hermano de Gonzalo Fernández de Córdoba, “El Gran Capitán”), sabemos de Pedro que era un famoso converso, pero no si fue bautizado al nacer, o si él mismo decidió convertirse. Era un hombre querido y respetado en Córdoba, y así lo describe Alonso de Palencia: “dignidad en el semblante, encanto en la conversación y afabilidad en el trato”. En los continuos enfrentamientos entre conversos y cristianos viejos, Pedro solía ejercer de mediador para lo que contaba con el apoyo de Alonso de Aguilar, sin embargo, el matrimonio de éste con Catalina Pacheco, hija del intrigante Marqués de Villena, le hace cambiar de posición y abandonar a su consejero, precisamente durante los trágicos enfrentamientos de la Semana Santa de 1473: “Por tales afrentas, y para indicar con ello, como es costumbre entre los varones españoles, el hondo pesar que le afligía, (Pedro de Herrera) dejó crecer su venerable barba, ya canosa”.
Pedro, junto con su familia, y un número considerable de cordobeses se vieron obligados a huir de la ciudad y buscar, sin éxito, refugio y protección en Palma del Río. Allí retomó el proyecto de establecerse en Gibraltar, que estaba en poder del Duque de Medina Sidonia, tras conquistarla al Reino de Granada y rivalizar por ella con el Conde de Arcos (Marqués de Cádiz) y el Corregidor de Jerez.

Don Enrique de Guzmán, era el IIº Duque de Medina Sidonia y IVº Conde de Niebla, estaba considerado uno de los hombres más poderosos de la España de entonces, Diego Lamelas transcribe en su artículo la siguiente descripción: “gallardo mancebo, aunque de espíritu avaro y viciosamente educado entre halagos y placeres tan contrarios a la virtud; porque su padre, muy dado a los deleites, le amó siempre en exceso, como lo demostró pocos días antes de morir, casándose con la manceba con quien le había tenido”.


           
Apunte sobre la Casa de Medina Sidonia y Gibraltar
La vinculación de la Casa de Medina Sidonia con Gibraltar se remontaba al mítico Guzmán el Bueno, que la conquistó en 1309. En 1333 los musulmanes Meriníes se la arrebatan a los cristianos y tras varias conquistas y reconquistas, en 1436 Enrique Pérez de Guzmán y Castilla, IIº Conde de Niebla (abuelo de Don Enrique), murió  frente a las murallas de Gibraltar, intentando retomar la plaza. Su cadáver fue capturado por los musulmanes, introducido en una jaula de hierro y colgado en la puerta de Gibraltar, donde permaneció hasta la definitiva conquista cristiana en 1462  por el primer duque de Medina Sidonia (padre de Don Enrique), que habilitó una capilla en la Torre de la Calahorra (interior de Gibraltar) donde estuvieron alojados sus restos durante algunos años.
Por tanto, para la Casa de Medina Sidonia, Gibraltar era una de sus posesiones más preciadas. Además, representaba grandes beneficios, a través de la recaudación de impuestos reales para su defensa (5.000 Doblas, un millón y medio de Maravedíes aprox.) o con el control del Estrecho que se traducía en estabilidad para el negocio del atún (almadrabas y conserveras de Barbate y Zahara de los Atunes) propiedad de la familia.
En 1470 el Duque había conseguido para Gibraltar el Fuero de Antequera (exención de tributos a la Corona y libertad de comercio). La plaza era por tanto una ciudad con posibilidades de crecer económicamente, pero sin unos habitantes que respondieran a esta ambición ya que su población era netamente militar. Por ese motivo el Duque estaba interesado en asentar allí a gente leal, que la defendiera y aumentara sus posibilidades económicas. Pedro de Herrera y los conversos de Córdoba representaban esa población ideal, sin embargo los Consejeros del Duque no eran de la misma opinión.


Las negociaciones se llevaron a cabo en Sevilla, allí Pedro de Herrera aceptó muchas de las condiciones del Duque, apremiado por la presencia del numeroso grupo de conversos que le acompañaba. A principios del verano de 1474 se produjo en Sevilla un nuevo enfrentamiento entre conversos y cristianos viejos. Esto fue definitivo para que alcanzaran un acuerdo, que según Alonso de Palencia consistió en que Pedro de Herrera se comprometía a llevar a Gibraltar a cuantos conversos cupieran en la ciudad. Éstos debían comprar las casas deshabitadas y construir nuevas edificaciones. Además los conversos sufragarían cuatro quintas partes de los gastos de defensa (4.000 Doblas al año). Pasados dos años el Duque aumentaría su contribución. Los conversos “compraron” moralmente Gibraltar, no era una compra efectiva ya que la propiedad correspondía al Duque y al Rey de Castilla, pero si hubo una venta de bienes inmuebles y una sesión de poder ya que Pedro de Herrera era el encargado de ejercer la autoridad civil y militar, Alcaide de la Fortaleza (Jefe de una guarnición de unos 800 soldados) y Corregidor de la ciudad.




Viaje y colonización de Gibraltar.
En agosto de 1474 conversos sevillanos y cordobeses iniciaron el camino hacia un destino incierto, un lugar en el que pretendían librarse de los enfrentamientos políticos y religiosos, así lo cuenta Alonso de Palencia: Vendieron sus alhajas y compraron barcos de pasaje. Algunos enviaron delante sus ajuares y parte de las familias; pero padecieron grave daño y ultraje en la navegación, porque los piratas les robaron sus haciendas y se llevaron algunas mujeres. Los que eligieron la marcha por tierra, en número de 350 jinetes y 2.000 peones, marcharon con rapidez y se dirigieron  a aquella ciudad (…) muy necesitada así de soldados aguerridos como de zapateros y otros artesanos.”

Una numerosa expedición compuesta por personas de todas las edades y condiciones sociales que dejaron atrás las calurosas llanuras del Guadalquivir para trasladarse a la mítica montaña de Calpe que, sin duda, les recibió con un viento de Levante, o de Poniente, que en agosto refresca el ambiente. 
Para aquellos conversos, en su mayoría gente de paz, adaptarse a las condiciones de vida de Gibraltar fue muy difícil. La falta de experiencia militar provocaba incertidumbre y miedo entre la población. El aprovisionamiento era otro problema, en Gibraltar escaseaban las huertas y los campos de labor, lo que encarecía la compra de alimentos. Algo similar ocurría con la reparación de las casas, y la construcción de otras nuevas.
A todo lo anterior tuvieron que añadir, en cuanto terminó el verano, la continua llegada de tormentas, con lluvias y vientos que unos días por Poniente, y otros por Levante, pudieron desesperar a aquellos nuevos habitantes.
Se inició entonces un proceso inverso y muchos de los conversos sevillanos volvieron a su tierra, con lo que empeoraron las condiciones de los que se quedaban.

Enrique IV

Las crónicas de Alonso de Palencia no se extienden demasiado sobre Pedro de Herrera como Gobernador, a parte de algunas anécdotas sobre augurios, pero sí dejan claro que cumplió tanto con su población, como con el Duque. Sin embargo, el destino se aliaba en su contra. Por una parte, la muerte del Rey de Castilla cambiaba el panorama de alianzas en el sur de la península. Por otra, el texto de un poeta converso cordobés fue utilizado para atacar los intereses de los gibraltareños.
En diciembre de 1474 murió Enrique IV y su hermana Isabel se apresuró a coronarse Reina de Castilla, un movimiento estratégico que presagiaba el enfrentamiento con Portugal. Uno de los lugares en donde podía iniciarse la guerra era precisamente Gibraltar, con un ataque que partiría desde Ceuta, en poder del Rey portugués. Pedro de Herrera conocedor de esa posibilidad rearmó la fortaleza y preparó a la población, pero tanto los consejeros del Duque, como otros nobles andaluces, dudaban de la capacidad de los gibraltareños para repeler una invasión.
Pedro de Herrera propuso al Duque una estrategia de defensa que consistía en atacar Ceuta, con lo que anularía la posibilidad de invasión de ésta. La idea no era descabellada y el Duque pareció tomarla en consideración. Sin embargo, los enemigos de los conversos de Gibraltar encontraron un nuevo motivo para sembrar las dudas sobre la lealtad de estos. El poeta cordobés Antón Montoro, que también había sido protegido de Alonso de Aguilar, había escrito distintos textos dirigido a reyes y nobles en los que criticaba la pasividad con que las autoridades habían actuado antes las matanzas de judíos y conversos tanto en Córdoba como en Carmona. En 1475 escribió la obra titulada “A la Reina Doña Isabel”, que llegó a manos de ésta. Tanto Isabel como Fernando eran considerados, en esa época, defensores de judíos y conversos. Los consejeros del Duque elucubraron con la posibilidad de que el poema de Antón Montoro hubiera llegado a los Reyes como parte de una estrategia de Pedro de Herrera para entregarles la plaza. La lealtad de Pedro de Herrera estaba gravemente cuestionada.


La expulsión de Gibraltar.
El Duque organizó un ejército que atacó Ceuta, pero sólo era una maniobra para ocultar sus verdaderas intenciones, tal y como nos cuenta Alonso de Palencia: “…el Duque (llegó) á Gibraltar, como de paso, con escogida caballería. El Alcaide de la fortaleza (Pedro de Herrera) le abrió sus puertas y obedeció rendidamente sus órdenes, y el Duque no tuvo escrúpulo en deponerle ignominiosamente de su cargo y aun intentar prenderle como á traidor.”
Efectivamente, en agosto de 1476, justo dos años después de la llegada de Pedro de Herrera y los suyos a Gibraltar, el Duque de Medina Sidonia los obligó a abandonar sus casas y la que ya era su tierra.


A partir de ahí se pierde la pista sobre qué ocurrió con Pedro de Herrera y los conversos, Alonso de Palencia ya no hace más referencias a ellos. Es de suponer que algunos volverían a Córdoba, o a otras tierras cristianas, en las que intentarían empezar una nueva vida. Pero puede que otros regresaran al judaísmo, para lo que tendrían que trasladarse a territorio musulmán, la más cercana era Málaga (Reino de Granada). Parece menos probable, pero también puede que algunos viajaran al norte de África, donde ya se habían establecido algunas comunidades judías.

Desconocemos si Pedro de Herrera y los suyos encontraron al fin la paz que tanto anhelaban, su rastro se pierde en la historia, quizá porque, como señala Rica Amran Cohen, “estos conversos estaban interesados en borrar lo mejor posible sus huellas, para así poder instalarse en otros lugares sin ser perseguidos”. Después de esa deshonrosa expulsión difícilmente volverían a confiar en nadie y preferirían pasar inadvertidos antes que protagonizar cualquier tipo de conflicto social, político o religioso. Ya sólo les quedaba la nostalgia de lo perdido, y puede que esa fuera la única herencia que dejaron a sus descendientes.
Contra todo pronóstico, y cuando la historia había dado por olvidado este capítulo, en sendos actos celebrados en el Instituto Cervantes de Gibraltar (2012 y 2013), Don Alonso González de Gregorio y Álvarez de Toledo, XXIIº Duque de Medina Sidonia, pidió perdón a la Comunidad Sefardí gibraltareña por la injusta expulsión de Pedro de Herrera y los conversos de Córdoba y Sevilla cometida por su antepasado.
Los sefardíes presentes en el acto agradecieron la reparación de ese agravio y el Duque descargó la conciencia de su Casa Ducal, al tiempo que recuperó de la nostalgia una tierra que sus antepasados habían tenido que abandonar definitivamente en 1506 tras una triste derrota, pero esa ya es otra historia.



*Este artículo se ha elaborado utilizando las fuentes históricas y los textos de Alonso Fernández de Palencia “Crónicas de Enrique IV” Tomos I – IV, Traducción de D. A. Paz y Mella (1904-1908) en la edición digital de la Biblioteca Digital de Castilla y León; Diego Lamelas Oladán “La compra de Gibraltar por los Conversos andaluces” (1976) reeditado en el Suplemento 3 de la Revista Almoraima de Abril de 1990 y obtenido gracias al Instituto de Estudios Campogibraltareños; Rafael Herrera Guillén “La figura del converso en dos poetas del siglo XV: Rodrigo Manrique y Antón de Montoro” Edición digital de la Biblioteca Saavedra Fajardo de Pensamiento político Hispano; Rica Amran Cohen “Apuntes sobre los conversos asentados en Gibraltar”. Y con las aportaciones de Javier Castaño, investigador del Instituto de Lenguas y Culturas del Mediterráneo y Oriente Próximo del CSIC, Departamento de Estudios judíos e islámicos; y de Don Alonso González de Gregorio y Álvarez de Toledo, XXIIº Duque de Medina Sidonia y XXVIº Conde de Niebla. 


Leer en el nº 193 de "La aventura de la historia"

 El hombre que compró Gibraltar

No hay comentarios:

Publicar un comentario