PEPE


Durante años huí de él y eso solo sirvió para que a cada paso lo encontrara en mi camino. Severo, justo, implacable, pero siempre mirándome con cariño, Pepe era y es mi padre.

Nació a principio de los treinta, el segundo hijo de cuatro. Cuando solo era un niño la guerra entró en su vida y por la puerta de su casa pasaban los camiones para fusilar a los vecinos, primero a los de un bando y luego a los del otro...

No tuvo una vida fácil, pero nunca se quejó. Nunca tuvo vacaciones pagadas, pero en casa nunca faltó de nada. Era carrocero, como su padre, mi abuelo, un trabajo duro y peligroso, pero que a él le encantaba. 

Dicen que desde muy pequeño yo le llamaba Pepe, pero luego nuestros caminos se empezaron a distanciar y es que éramos demasiado iguales para poder convivir, por eso durante años hui de él, le negué y le negué todo tipo de cualidades y, sin embargo, cuanto más lejos me sentía de él, más iguales éramos. Hasta que por fin un día dejé de huir y allí estaba él esperándome, sin reproches, con cariño, serio, pero con una sonrisa que me decía que siempre había estado esperando mi regreso.


En unos meses hará diez años que se marchó, pero no pasa un solo día en el que no lo tenga presente en mi camino y en el que no recuerde todo lo que hizo por mí. Cada día me arrepiento de lo ingrato que, a veces, fui, pero me alegro de haberme dado cuenta a tiempo, de lo importante que fue y es para mí.

Pepe, gracias por todo. Papá, sabes que nuca te olvidaré.